Nocturno de Luis Ayhllón, relatos de días tormentosos

El cine fantástico (y también el de terror) está atravesando por una etapa de esplendor. Directores como Oliver Assayas (Personal Shopper, 2016), Michael Haneke (con su obsesión por cuestionar el papel de la ficción y la mirada en el cine en cintas como Caché, 2005, o Funny Games,2007), Bruno Dumont (L´humanité, 1999 y 29 palms, 2003) Julia Docournau (RAW, 2016) o Robert Eggers (The VVitch, 2016) han encontrado en la imaginación subversiva un espacio para la creación, pero también para comprender y pensar la experiencia cotidiana en sus múltiples dimensiones. El horror, la violencia y el miedo han permeado la médula de nuestras sociedades, convirtiéndose en el eje transversal de las historias que se cuentan en el cine, haciendo que los cineastas se acerquen de forma orgánica a un género exiliado de las discusiones serias que se dan entre críticos y realizadores. Hay en el horror un espacio de cultivo para mirar, pensar y significar la realidad contemporánea.

Carlos Losilla decía que el género fantástico utiliza la realidad como un referente que es deformado y enfrentado con la intención de sumir al espectador en un mundo de tinieblas. Una experiencia liberadora y terapéutica (Pedrero Santos, 2011) que sustituye unos miedos por otros en un espacio seguro donde podemos ganar. El cine fantástico de hoy, recupera y presenta la realidad en relatos crudos y poco adornados que nos colocan frente a un espectáculo horrendo y estremecedor que sigue ahí cuando se acaban las palomitas y se encienden las luces. Un mundo de monstruosidades nos esperan al salir de sala.

Hace unos días, y como parte de la selección oficial del Festival internacional de cine de Guadalajara número 32, se presentó la nueva película del director Luis Ayhllón que lleva el nombre de NOCTURNO (2016), un relato terrible sobre el encuentro entre Oliverio (Juan Carlos Colombo), un hombre desahuciado que no puede salir de su casa y su hija Ana (Irela de Villers) que trabaja como su enfermera. La película adscribe el tono inquietante del terror a una historia sombría protagonizada por una misteriosa mujer que alega que el hombre al que cuida es su padre, pero difícilmente podemos caer en el error de clasificarla dentro del género. Nocturno es un film inclasificable, con una narrativa que transita entre la alucinación y la realidad; de estados lúcidos a pesadillas; entre las lógicas del thriller psicológico y la comedia negra.

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La película comienza con la llegada de Ana a una vieja casona de Azcapotzalco en donde cuidará del moribundo Oli. Los días pasan entre salidas al jardín, la revisión del diario para conocer sobre las desapariciones de dos niñas en la Ciudad de México, puertas que se abren y se cierran (aquí entra un interesante juego simbólico) y pláticas nocturnas. El pasado se acerca lentamente al presente para unir a estos personajes en un misterioso camino alimentado por represalias, violencia y culpa.

Ayhllón nos enfrenta con un film que apela a la imaginación, ahí encuentra su valía. La narrativa se arma con fragmentos de una día a día tormentoso, de una cotidianidad de encierro que, aun cuando se encuentra lejos de la profundidad alcanzada por Polanski en su trilogía del departamento, consigue hacer un puente metafórico entre el sufrimiento latente y la imposibilidad de la resignación. Una exploración de la espacialidad a partir de una casa intrincada con cuartos completamente cerrados,  jardines muertos y paredes deslavadas y agrietadas con decorados ausentes, una representación de la mente de nuestros protagonistas.

La historia demanda que su espectador vaya uniendo las piezas de un complejo y oscuro rompecabezas que funciona como metáfora de una sociedad atemorizada. Nos hace cómplices de un relato trágico cifrado que puede entenderse bajo las claves de la violencia diaria que cerca nuestro país. Es interesante la forma en que el film se escapa de la moraleja al guiarnos con un relato que no aguanta la redención. Así como sucede en la realidad, a las víctimas de la violencia les ofrecen disculpas, pero no justicia. El cine fantástico y de terror está atravesando por una etapa de esplendor que se alimenta de los temores y experiencias de una sociedad desorientada y violentada.

 

 

 

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Muere Herschell Gordon Lewis, el padre de la cinematografía de la deshumanización y el sufrimiento

Muere Herschell Gordon Lewis, el padre del Gore, el rey del Splatter. El nombre quizá resulta poco significativo, no me extraña. Al igual que su carrera, el nombre de Herschell Gordon Lewis es accesible solo para aquellos cinéfilos que deciden visitar las sombras del celuloide, las grietas de donde salen los géneros cinematográficos más oscuros que descuartizan la condición humana y atentan contra la integridad del cuerpo. El nombre de Herschell Gordon Lewis habita las sombras y aparece, sin que lo notemos, cada vez que miramos un film de terror.

Dos de sus películas, Blood Feast (1963) y Two Thousand Maniacs (1964) establecieron los cimientos del cine sangriento y violento que se popularizaría en los Estados Unidos (y gran parte de Europa y Asia) durante la década de los años setenta del siglo pasado. Ese cine delimitó el espacio y escribió las reglas del nuevo terror posmoderno (recomiendo la lectura de Sesión Sangrienta, de Jason Zinoman) en sus distintas formas: camp, slasher, gore, splatter y el cine de explotación en general… entre muchos otros.

Blood Feast fue la película que me invitó al mundo de la serie B y me acercó a los monstruos. Recuerdo toparme con ella en algún canal perdido del cable, en la madrugada, cuando el softporn y el terror se apropiaban de la pantalla (cosa excitante para cualquier puberto en los noventa). Su mirada del mundo era única, aterradora. Imágenes sangrientas y perturbadoras que no entendía por completo. Mujeres, sangre, psicópatas llenaban la pantalla con una esencia malévola que me sacaba de balance, poniendo en tensión todo aquello que conocía, hasta el cine mismo. Fue espectacular.

Innegable su influencia en el los giallos de Argento, o en el cine de Cunningham o del mismo Carpenter, qué tal la escena sangrienta de Tu Mamá se Comió a mi Perro de Peter Jackson. Es impensable la cinematografía del sufrimiento y la deshumanización sin Gordon Lewis, sin su imaginario y sus representaciones violentas y su estética sucia, inquietante y agitadora. Entre todo lo que significa el 26 de septiembre para los mexicanos, hago un paréntesis para recordar al cineasta que dibujaba con luz y sangre.

Bone Tomahawk: vaqueros contra caníbales

Hace unos días inicié una suerte de misión en la que pretendo encontrar algunas de las mejores películas de terror del 2015. Esto se debe en parte a mi condición desquehacerada consecuencia de mi situación v(a)ocacional (de verdad que es un asunto que pronto pasará a formar parte de cualquier encuesta… estado actual: a)empleado; b)desempleado; c)profesor de asignatura; d)de vacaciones. Siempre dudo que responder) y en parte a mis ganas por recuperar este espacio, ahora abandonado y lleno de telarañas, para hablar del cine que me hace sentido. De sus monstruos y mis monstruos.

Llegué por casualidad hasta una película norteamericana llamada Bone Tomahawk (Zahler, 2015). El relato se desarrolla en el viejo oeste norteamericano y parte de una común y simple premisa, un clan de indios caníbales secuestra a una mujer y al asistente del Sheriff del pueblo de Bright Hope. Un grupo de hombres, dirigidos por el Sheriff Hunt (Kurt Russell), van a su rescate.

Sin duda destaca la gran cantidad de caras familiares que conforman el reparto (Kurt Russell, Patrick Wilson, Matthew Fox, Richard Jenkins, David Arquette y Sid Haig, el capitán Spaulding de La Casa de los Mil Cuerpos, nada que ver con Groucho Marx) de un film sobre indios antropófagos del viejo oeste. Los comentarios de la película resultan bastante favorables (si quieren acceder a más comentarios sobre el film pueden hacerlo en www.metacritic.com) ubicándola como un nuevo clásico del cine de terror. Yo no estaría tan seguro. Me encuentro avanzando y mirando un camino muy opuesto al de mis colegas gringos.

La película nos coloca frente a un planteamiento interesante que invita a pensar en un mezcla de géneros que parecen distantes. Por un lado las convenciones clásicas del Western y por otro las características del amplio género de terror, que en este caso se inclina al gore (o al menos eso podría pensarse). Al final me di cuenta que también hay una tenue evidencia de Road Movie, solo para darle sabor.

No hay nada nuevo aquí, la posmodernidad cinematográfica se ha encargado de construir híbridos muy interesantes (y otros que alcanzan la desgracia) que instrumentalizan la idea del género cinematográfico, más que tomarlo como una serie de mandamientos, con la intención de potencializar un relato. Son juegos intertextuales que nutren historias y aportan infinitas posibilidades narrativas. Recuerdo ahora las películas de Alex de la Iglesia, la personalidad geek de Tarantino (luego lo discutimos) o la mirada de Won Kar-wai.

Todo este abanico narrativo simplemente no termina por cuajar. Ante las bondades de la hibridación Bone Tomahawk se siente como una película encadenada, esclava de su propia condición mutante que resulta débil frente a las exigencias de los géneros que la sostienen. Una historia fragmentada que recupera elementos interesantes del western, pero que no alcanza a desarrollar sus personajes; un viaje que no termina por mostrar situaciones que vayan más allá de la anécdota; un relato vacío y desperdiciado que no profundiza sobre los orígenes y las prácticas de una comunidad patriarcal que logra sobrevivir en un lugar imposible a partir de la ingesta, simbólica y material, de los cuerpos de sus enemigos (o de algún desafortunado que solo andaba de paso) y la mutilación de la mujer, de la que quedan solo resíduos que funcionan como criaderos de más hombres que sirvan al clan; una tímida película gore que por momentos consigue momentos inquietantes, si, pero que en su conjunto deja un desencanto generalizado.

Recuerdo tener este mismo sentimiento después de mirar Cowboys Vs Aliens (Favreau, 2011) por primera vez. Colonizadores extraterrestres contra vaqueros ¿qué podía salir mal? muchas cosas, al parecer.

 

 

 

 

 

 

Bobby Yeah: devenires infantiles con tripitita dorada

BOBBY YEAH (Robert Morgan, 2011), cortometraje de animación en stop motion nominado como mejor corto en los premios BAFTA, narra la historia de un niño ladrón que roba la mascota de un caprichoso bebé, convirtiendo el mundo en un espacio pesado, impuesto, inaprensible para la cría e intolerable para los padres. La pérdida duele y el sufrimiento busca culpables. El espacio pesado transforma el sufrimiento en una cólera violenta e implacable manifestada a partir de las formas más convencionales del cine splatter/visceral. Estas emociones alteran la realidad y la colocan en un devenir que solamente puede ser representado con la impresión imaginativa de un universo espeluznante y aterrador habitado por entidades indefinibles, inexplicables según nuestra lógica.

John William Keedy: La ansiedad apenas perceptible

John William Keedy sufre un desorden de ansiedad, una enfermedad que nunca pudo ocultar.  Sus fotografías son un intento de darle una salida artística y creativa al problema. La serie se titula “It’s Hardly Noticeable” (es apenas perceptible) y consiste en una composición de imágenes que reflejan la cotidianidad de un individuo que sufre el padecimiento. La normalidad inquietante de john invade lo que nos parece familiar al romper con el orden determinado de las cosas. Lo cotidiano se transforma en un terreno desordenado, sangriento y ajeno que produce dolor.

Via: http://www.johnwilliamkeedy.com

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A Life Of Anxiety Documented Photoset called 'It's Hardly Noticeable' Credit: John William Keedy  Link back: www.johnwilliamkeedy.com

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A Life Of Anxiety Documented Photoset called 'It's Hardly Noticeable' Credit: John William Keedy  Link back: www.johnwilliamkeedy.com

A Life Of Anxiety Documented Photoset called ‘It’s Hardly Noticeable’ Credit: John William Keedy Link back: http://www.johnwilliamkeedy.com

Deep Dream: la máquina imaginante

La herramienta Google Deep Dream es una plataforma que trabaja a partir de una compleja red de interacciones neuronales para simular el cerebro humano. Se ha creado un algoritmo que le permite a la máquina procesar datos, auto-organizarse, aprender e interpretar información que deriva en un pensamiento nuevo. Se ha diseñado un sistema neuronal virtual capaz de comprender y reconocer patrones, es decir, la máquina puede mirar un objeto, identificar su forma, aprender de él y después dibujar su interpretación de ese objeto. Deep Dream aprende a partir de la observación para después operar libremente y crear a partir de un proceso cognitivo.

La plataforma nos coloca frente a una inteligencia artificial que consigue imitar los procesos cognitivos del ser humano. Somos testigos de la apertura de una caja misteriosa que oculta mecanismos que no entendemos por completo; comienza a develarse una entidad que eventualmente podría tener conciencia de su propia existencia. Stephen Hawkins advirtió que el desarrollo de la Inteligencia Artificial podría anunciar el final de la raza humana y, aunque ha probado su utilidad, el científico teme por las consecuencias de crear algo que pudiera igualar o superar a los humanos.

Las primeras traducciones del mundo que dibuja Deep Dream, muestran imágenes oníricas de figuras humanas monstrificadas construidas a partir rostros humanos y partes de animales. Cuando la máquina se alimenta de pornografía, los resultados son alucinantes.

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Tinta en la sangre: imágenes de Apollonia Saintclair

Apollonia Saintclair, misteriosa y radical artista, realiza potentes ilustraciones que exploran la sexualidad a partir de una apuesta política desafiante y erótica que se roza la pornografía. Imágenes de mujeres impulsadas por el deseo que sugieren un escape de la opresión y la prohibición sexual a través de los caminos del placer; reclamos de libertad a una sociedad patriarcal que suprime el goce de la mujer. Los trazos de sangre de Apollonia (porque la tinta está en su sangre y la sangre en la tinta) hacen visible la violencia que condena y castiga a la mujer por querer apropiarse de su propio cuerpo.

Vía: http://apolloniasaintclair.tumblr.com/

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Los Fleshlettes, una familia como todas

El artista norteamericano Jonathan Payne re-imaginó el cuerpo humano a partir de la creación de entidades abstractas que juegan con la lógica anatómica del cuerpo. Sus esculturas parten de la fantasía, y al mismo tiempo, se alimentan del hiperrealismo para construir un discurso desafiante y perturbador. Las figuras hechas de arcilla, acrílico y cabello humano, forman una armoniosa familia de entes híbridos con diferentes personalidades y distintas formas de pensar y darle sentido al mundo, los Fleshlettes.

Las descripciones fueron hechas por el autor.

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“Aquí tienen a Richanda, la sexta fleshlette. Ella es igual a las otras a excepción de una diferencia: su melodiosa voz.” 

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“Élla es Toni. Apesta. Ninguna de las niñas la escoge para estar en su equipo. Puede escribir 90 palabras por minuto.”

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“La llaman Eileen.”

Via Dangerous Minds y Payne Scultures

Mad Max, Fury Road: porque no solo de agua y aceite vive el coche

Sigo recogiendo los pedazos, mi cabeza estalló. Los trozos están dispersos por toda la habitación, unos son grandes y pesados, los más pequeños ya de plano no los alcanzo, se fueron debajo del sillón. Rescaté los que tienen formas extrañas, los más opacos, esos que parecen no tener sentido, esos son los buenos. Intentaré construir algo a partir de ellos.

El primer fragmento de cerebro tenía una idea difusa que se adhirió a un texto de Rocío Santiesteban (1) que discute las formas en que las representaciones del estereotipo del tele-pobre colocan a los pobres como seres contaminados, contaminantes y abyectos a los que se les adscribe “la calidad de seres socorridos y plausibles de ser tutelados”(1). El otro visto como un salvaje que puede sobrevivir únicamente bajo el brazo protector de los patrones; ciudadanos privilegiados cuyo destino se sujeta al del ser humano inferior con un lazo inquebrantable de interdependencia. Las estrategias coloniales expuestas en el texto de Santibañez no se alejan de la propuesta discursiva de George Miller, es decir, la idea de una división entre habitantes contaminantes y seres puros determina de forma importante la estructura que sostiene las dinámicas sociales del Wasteland australiano que habita el Loco Max.

Me llamó particularmente la atención la manera en que la película recupera la figura de las amas de leche o amas de crianza (llamadas”madres de leche” en el film) dispuestas una al lado de la otra, así como lo hacen las clientas de los salones de belleza al secarse el cabello. Estas mujeres de grandes senos son las encargadas de proporcionar el valioso líquido que alimentará a los hijos de Joe, el inmortal. La ingesta de la leche materna se presenta como un elemento simbólico indiscutible de estatus, dominio y abundancia. Fertilidad y reproducción exclusiva de unos pocos (Aquí hablaba de un momento muy significativo al final del relato, pero decidí quitarlo por eso del spoiler).

Así como sucedía con las amas de leche del siglo XIX, las madres de leche del universo de Mad Max no mantenían contacto con los bebés a los que alimentan, “la piel era contaminante pero la leche no”(1), vestigios de un colonialismo que trataba al subalterno como un enfermo contagioso que debía mantenerse alejado, pero lo suficientemente cerca como para cumplir con sus obligaciones y no perderse de la sombra protectora de los benefactores. Miller construye un mundo ordenado bajo estas lógicas.

Aquí lo dejo. Todavía hay muchas piezas regadas en el suelo, trataré de rescatarlas y que no se diluyan. Seguiré con el asunto del contacto en la próxima entrega.

1 Santiesteban, R. (2009). El tele-pobre como abyecto: El caso del show de Laura Bozzo. E-misférica (61). Instituto Hemisférico de Performance y Política. http://hemi.nyu.edu/hemi/es/e-misferica-61/santisteban

Pensando LA DICTADURA PERFECTA

El estreno de la nueva película de Luis Estrada, director y productor de cine mexicano conocido por su crítica directa al sistema político mexicano, sacudió la opinión pública por su caprichoso relato sobre un político que utiliza el poder de la televisión para mejorar su imagen y ganar puestos de elección popular. La evidente referencia al matrimonio Peña/Televisa despertó una morbosa inquietud en aquellos que habitan las redes sociales y tanto el gobierno como la televisora se mostraron incómodos ante las imágenes de corrupción e impunidad que construyen LA DICTADURA PERFECTA. Su aparición en las salas de cine suponía, para algunos, una victoria de la libertad de expresión frente al sistema dominante y frente a la censura en tiempos de turbulencia nacional; para los más moderados, significaba un agradable domingo familiar para consumir palomitas y tomar conciencia… que nunca llegó.

¿Cómo pensar la dictadura perfecta? ¿desde dónde mirarla? porque acercarse a ella desde el análisis del film nos dejaría incompletos y decepcionados (aun cuando es la elegida para representar a México en la entrega de los premios Goya 2015), el relato es muy pobre, repetitivo y termina por enredarse en lugar de presentar enredos. Pensarlo como sátira sirve para la crítica. La sátira busca develar las estructuras de poder que conforman una sociedad. Partir del humor para mostrar y ridiculizar personajes y valores, evidenciando defectos y confrontando discursos (políticos, sociales, económicos, culturales o institucionales) con la intención de hacer que el público piense. Así, el relato de Estrada funciona como representación de un estado fallido en donde las autoridades se venden a los poderes fácticos, llamémosle narco o medios de comunicación, y el pueblo se mantiene como un espectador pasivo que espera el desenlace de una telenovela, pero fracasa en su intento por ser una crítica densa e inteligente (y divertida) que motive la reflexión. Es justo ahí en donde encuentro el mayor problema de la película. El relato coloca al espectador como protagonista de una ilusión controlada que trabaja como un narcótico y en donde se simula la crítica del sistema político mexicano. El análisis agudo se sustituye por lo común, lo cotidiano, lo conocido y fácil (la pifia de un presidente torpe) limitando la mirada y generando sentimientos de conformidad y satisfacción, produciendo, a fin de cuentas, una suerte de efecto contrario al esperado. Más que una reflexión sobre la experiencia del México contemporáneo tenemos una burla superficial que contribuye a la permanencia del sistema, más que abonar a su desestabilización.

La dictadura perfecta se aleja de las proezas del cine de aliento que nutrió las salas de cine mexicanas de los años setenta (así como se aleja de la calidad) pero al menos acierta al darle valía a los significados que se mercantilizan a través de la televisión y al poder que mantienen los medios de comunicación a través de sus estructuras de propiedad. Le otorga a los medios una cualidad omnipresente (y omnipotente), poco descabellada cuando vemos las formas en que opera Televisa y la manera en que controlan la producción de bienes simbólicos en nuestro país.